La niña pintó la cara del millonario dormido y terminó descubriendo al verdadero ladrón de la mansión

—Necesito pensarlo.

Alma estaba sentada fuera de la habitación.

La llamé.

—Ven.

Entró.

—¿Estoy castigada?

—Por convertir mi cara en un mural, sí.

Sonrió.

—¿Mucho?

—Todavía estoy calculándolo.

Entonces me puse serio.

—Pero también evitaste que culpara a tu mamá por algo que no hizo.

—Yo sabía que no fue ella.

—¿Cómo?

Me miró como si yo fuera muy lento.

—Porque mi mamá no roba.

Sencillo.

Absoluto.

La confianza de una niña.

Yo había necesitado llaves, cámaras y pruebas.

Ella conocía a su madre.

—¿Y si no hubieras grabado?

Se encogió de hombros.

—Lo habría dicho igual.

—Tal vez no te habría creído.

—Entonces usted habría sido tonto.

Laura abrió los ojos.

—¡Alma!

Me quedé mirándola.

Después comencé a reír.

No una risa educada.

Me reí hasta que me dolió el estómago.

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