Su puño rozó mi mejilla.
Aquella pintura azul nacarada quedó marcada ligeramente en el interior de su camisa.
Alma había intentado decirlo desde el principio.
—Tiene mi pintura.
Ninguno entendió.
Ella sí.
Aquella noche, cuando finalmente todo terminó, Laura vino a verme.
—Voy a renunciar.
La miré sorprendido.
—¿Qué?
—No puedo seguir trabajando aquí.
—¿Por qué?
—Porque usted creyó que fui yo.
No sabía qué responder.
—Había una llave en tu delantal.
—Lo sé.
—Las cámaras…
—También lo sé.
—Laura…
Me miró directamente.
—Después de un año trabajando aquí, un hombre colocó una llave en mi bolsillo y eso fue suficiente para que usted pensara que podía robarle.
Aquello dolió porque era verdad.
—No te acusé formalmente.
—No tuvo que hacerlo.
Guardé silencio.
—Lo siento.
Laura parecía sorprendida.
Quizá no estaba acostumbrada a escucharme decirlo.
Yo tampoco estaba acostumbrado.
—No quiero que renuncies.
—Necesito pensarlo.
Alma estaba sentada fuera de la habitación.
La llamé.
—Ven.
Entró.
—¿Estoy castigada?
—Por convertir mi cara en un mural, sí.
Sonrió.
—¿Mucho?
—Todavía estoy calculándolo.
Entonces me puse serio.
—Pero también evitaste que culpara a tu mamá por algo que no hizo.
—Yo sabía que no fue ella.
—¿Cómo?
Me miró como si yo fuera muy lento.
—Porque mi mamá no roba.
Sencillo.
Absoluto.
La confianza de una niña.
Yo había necesitado llaves, cámaras y pruebas.
Ella conocía a su madre.
—¿Y si no hubieras grabado?
Se encogió de hombros.
—Lo habría dicho igual.
—Tal vez no te habría creído.
—Entonces usted habría sido tonto.
Laura abrió los ojos.
—¡Alma!
Me quedé mirándola.
Después comencé a reír.
No una risa educada.
Me reí hasta que me dolió el estómago.