Porque una niña de nueve años terminó enseñándome exactamente lo mismo.
La primera vez que vi mi rostro pintado pensé que aquella estrella azul era la cosa más ridícula que alguien había hecho dentro de mi casa.
Horas después, esa misma pintura aparecía en la manga del hombre que me había robado durante años.
Y una grabación hecha para reírse de mí terminó protegiendo a una mujer inocente.
Desde entonces, cuando alguien me pregunta cuál fue el sistema de seguridad más efectivo que tuve en aquella mansión, podría responder:
Alarmas.
Cámaras.
Guardias.
Sensores.
Una caja fuerte escondida.
Pero todos fallaron.
La respuesta verdadera es mucho más vergonzosa:
Una niña de nueve años, una tableta mal colocada y una estrella azul pintada en la cara de un millonario que estaba demasiado dormido para darse cuenta de que el verdadero ladrón llevaba años entrando por la puerta principal.