Ni un policía.
Ni un sofisticado sistema de seguridad.
Fue una niña que había cometido una travesura.
Si Alma no hubiera decidido pintarme la cara, probablemente no habría colocado la tableta.
Si no hubiera colocado la tableta, no habría tenido que esconderse cuando escuchó pasos.
Si no se hubiera escondido, Víctor quizá habría esperado otro momento.
Y si no hubiéramos tenido aquella grabación, Laura habría pasado días —tal vez mucho más— bajo una sospecha que nunca mereció.
Aquel día perdí algo más importante que dinero.
Perdí la comodidad de pensar que yo era excelente juzgando a las personas.
No lo era.
Mi esposa Isabel solía decir:
—Ricardo, tener experiencia no significa que siempre tengas razón. Solo significa que has tenido más oportunidades de equivocarte.
Yo respondía que eran frases bonitas.
Hoy daría cualquier cosa por escucharla repetírmela.