Parte 1
A las 8:17 de la mañana, Mariana recibió la llamada mientras estaba en una sala de juntas en Santa Fe.
—Mamá está en urgencias. Necesita una operación del corazón de 2,650,000 pesos —soltó su hermano Diego—. Si no consigues el dinero hoy, puede morirse.
Mariana dejó la reunión sin despedirse.
Tenía 31 años, era abogada corporativa y llevaba casi una década ocupando el mismo lugar dentro de su familia: la persona a la que llamaban cuando faltaba dinero.
La colegiatura de Diego.
Las tarjetas de Elena, su madre.
Reparaciones de la casa.
Deudas que siempre aparecían acompañadas de alguna tragedia.
Mariana pagaba porque podía hacerlo y porque durante años confundió ser una buena hija con solucionar cada desastre familiar.
Pero aquella mañana no pensaba en dinero.