La boda no buscaba convertirla en heredera.
Buscaba darle acceso a la verdad.
—Él sabía que sus hijos intentarían detener la entrega de estos documentos —continuó Victor—. Por eso necesitaba que usted fuera legalmente su esposa.
Eliza sintió que las manos comenzaban a temblarle.
—¿Por qué no me lo dijo?
—Porque sabía que usted rechazaría cualquier cosa relacionada con dinero.
El abogado le entregó finalmente la carta.
Eliza reconoció inmediatamente la letra de Andrei.
La abrió.
“Querida Eliza:
Si estás leyendo esto, significa que otra vez llegué tarde para explicarte algo.
Pasé gran parte de mi vida creyendo que nuestro mayor error había sido no encontrarnos en aquella estación.
Me equivoqué.
Nuestro mayor error fue permitir que otras personas decidieran qué verdades merecíamos conocer.
Cuando descubrí lo que hizo mi padre, comprendí que no podía cambiar nuestro pasado.
Tampoco podía devolverte los años que perdiste.
Pero podía impedir que aquella injusticia siguiera beneficiando a mi familia después de mi muerte.
No me casé contigo para dejarte una fortuna.
Me casé contigo para devolverte algo mucho más importante: el derecho a conocer la verdad y decidir qué hacer con ella.
El dinero pertenece a tus descendientes porque nació de algo que nunca debió ser arrebatado a tu familia.
No quiero que recuerdes nuestros últimos días pensando que intenté comprarte el perdón.
Lo único que siempre quise de ti fue aquello que esperaba aquella noche en la estación:
que llegaras.
Y esta vez llegaste.
Andrei.”
Eliza terminó de leer y permaneció varios minutos en silencio.
Después comenzó a llorar.
No lloraba por el dinero.
Ni siquiera lloraba únicamente por Andrei.
Lloraba por aquella muchacha de dieciocho años que había esperado durante horas en una estación creyendo que no era suficientemente importante para que alguien cumpliera una promesa.