Ramira le acariciaba el cabello.
—Mi niña valiente…
Salomé levantó la cabeza.
—Mamá, ¿vas a volver a casa conmigo?
Ramira sintió que el corazón se le rompía.
No podía prometer algo que todavía no sabía.
Así que la abrazó.
—Voy a hacer todo lo posible, mi amor.
A las once y veinte de la mañana, el tribunal recibió la solicitud urgente.
La
ejecución estaba prevista para las dos de la tarde.
Cada minuto parecía eterno.
Finalmente, a las doce y diez, llegó una comunicación oficial.
El tribunal había ordenado una suspensión provisional mientras se examinaban las nuevas pruebas.
Ramira se cubrió el rostro.
Comenzó a llorar desconsoladamente.
Lucía la abrazó.
—Todavía tenemos mucho trabajo por delante, pero hoy no van a ejecutar la sentencia.
Salomé comenzó a saltar.
—¡Mamá se queda!
Méndez tuvo que apartarse unos segundos.