Tenía trece años.
Estaba sentada en la habitación 314 del Centro Médico St. Anne.
Y un médico estaba explicando que tenía cáncer.
Recuerdo aquella habitación con más claridad que casi cualquier otra cosa de aquel año.
Las paredes azul pálido.
La ventana estrecha que daba al aparcamiento del hospital.
El televisor instalado en una esquina.
El vaso de papel con agua quedescansaba intacto junto a mi cama.
Aquella mañana había llovido.
Yo observaba cómo las gotas se acumulaban en el cristal mientras el doctor Michael Grant hablaba con mis padres.
Era un hombre amable, con gafas de montura plateada y la costumbre de explicar las cosas complicadas con palabras sencillas.
Llevaba años tratando a niños.
Sabía cuándo debía hablar con delicadeza.
Y también cuándo era necesario decir la verdad.
—Hannah tiene leucemia linfoblástica aguda —explicó.