Era la fecha de constitución.
Había sido registrada once meses antes.
Mucho antes de que Spencer ingresara al hospital.
Y en el apartado de representante legal figuraba una persona que Abigail jamás esperaba encontrar.
Ella misma.
Abigail Riley.
Con una firma que no recordaba haber escrito.
Se quedó mirando la pantalla mientras una terrible sospecha tomaba forma.
Quizá Spencer no había comenzado a mentirle cuando enfermó.
Quizá la enfermedad había sido solamente la oportunidad perfecta para poner en marcha un plan que llevaba casi un año preparándose.
Entonces alguien llamó a la puerta.
Tres golpes lentos.
Abigail apagó la luz de la cocina.
Se acercó silenciosamente a la ventana.
En el porche estaba Vanessa.
Llorando.
Con un sobre grueso entre las manos.
Y cuando Abigail abrió apenas la puerta, la joven pronunció unas palabras que le helaron la sangre.
—Señora Riley, Spencer no es quien dirige todo esto.
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