fotografía, respondió que se la había entregado su abuelo. Su siguiente explicación me dejó sin palabras: su abuelo se llamaba Thomas y estaba vivo. El joven, llamado Daniel, me contó que Thomas había sobrevivido al incidente aéreo, había permanecido prisionero durante la guerra y finalmente había regresado a Estados Unidos en 1973. No podía comprender cómo una noticia tan importante jamás había llegado hasta mí. Daniel reconoció que desconocía buena parte de la historia, pero explicó que su abuelo había conservado nuestra fotografía durante décadas y recientemente había expresado el deseo de volver a verme. Para localizarme, Daniel había consultado antiguos documentos universitarios y encontrado una entrevista publicada con motivo de mi jubilación. También descubrió una noticia sobre mis visitas anuales al monumento y decidió esperarme en el aeropuerto cercano, aunque no sabía con certeza qué vuelo tomaría. Antes de aceptar acompañarlo, llamé a Ruth para contarle lo sucedido. Mihermana se preocupó por mi seguridad y me recomendó comprobar los datos del joven. Después de hablar detenidamente con ella, le envié el nombre completo de Daniel, su número de teléfono y la dirección a la que nos dirigíamos. Durante los cuarenta minutos que duró el trayecto, supe que Thomas había formado una familia después de regresar de la guerra. Se había casado con Margaret, una enfermera que lo acompañó durante su recuperación, y juntos tuvieron dos hijos. Margaret había fallecido años atrás y Daniel era uno de sus nietos. La información despertó sentimientos contradictorios. Por una parte, me aliviaba saber que Thomas había sobrevivido. Por otra, me resultaba profundamente doloroso descubrir que había vivido durante décadas, criado a sus hijos y visto crecer a sus nietos mientras yo seguía dejando una rosa blanca en memoria de alguien a quien creía desaparecido. Cuando Daniel añadió que su abuelo estaba gravemente