Durante cincuenta y cinco años conservé una promesa que había hecho cuando apenas tenía veintiuno: recordar siempre a Thomas, el joven con quien soñaba casarme antes de que la guerra de Vietnam cambiara nuestras vidas. Ahora tengo setenta y seis años, y todavía recuerdo perfectamente cómo nos conocimos en la universidad. Yo estudiaba literatura y él ingeniería. Nuestra primera conversación comenzó cuando se ofreció a compartir conmigo una taza de café, aunque entre los dos apenas reuníamos unas monedas. Thomas tenía una manera especial de convertir las dificultades cotidianas en motivos para sonreír. Era atento, trabajador y capaz de recordar detalles que incluso mis familiares olvidaban. Cuando mi padre perdió su empleo, comenzó a llevar alimentos a nuestra casa con la excusa de que una tía había comprado provisiones de más. Nunca le dije que sabía que aquella explicación no era cierta, porque entendía que deseaba ayudarnos sin hacernos sentir incómodos. Durante tres años construimos una relación llena de planes sencillos: terminar nuestros estudios, encontrar trabajo, casarnos y formar una familia. Cuando Thomas ingresó en el servicio militar y comenzó su preparación como piloto, continuamos comunicándonos mediante cartas y visitas ocasionales. La noche anterior a su partida permanecimos sentados en el porche de mis padres, hablando sobre el futuro y prometiéndonos que la distancia no cambiaría lo que sentíamos. Me aseguró que regresaría y que entonces
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