Tenía treinta y seis años, una empresa de arquitectura en Querétaro y aquella casa que había diseñado junto con mi esposo. Pero mi madre no sabía nada de eso. Hasta dos semanas antes, creía que yo seguía alquilando un departamento pequeño y viviendo sola.
No era casualidad. Durante diez años le había ocultado casi toda mi vida.
Para entender por qué, hay que volver a cuando murió mi abuela Amalia, la madre de mi papá. Yo tenía veintidós años. Ella me dejó un departamento modesto en Puebla porque había sido quien la acompañó a consultas, le compró sus medicinas y estuvo a su lado durante sus últimos meses.
—No dejes que te lo quiten, hija —me pidió poco antes de morir.
No comprendí su advertencia hasta que mi madre exigió que vendiera el departamento para financiar un autolavado que Diego supuestamente iba a abrir. Me negué durante cuatro meses. Después me llamaron del hospital: mamá había sufrido una crisis de presión y Diego me acusó de querer matarla por egoísta.