Entonces apareció otro silencio, más pesado. Pregunté por el departamento en Puebla donde mi padre había vivido hasta morir.
—Lo vendí hace dos años —confesó Teresa—. Diego tenía deudas. Pensé que sería la última vez.
—¿Y el coche que papá te dejó?
—También lo vendí.
—¿Y sus aretes de oro con piedras rojas, los que siempre guardabas para una ocasión especial?
Lorena respondió desde la puerta:
—Están empeñados.
La lista me dejó sin aliento. El departamento de mi abuela, la casa de mi padre, el coche, los recuerdos familiares. Todo había desaparecido en intentos de salvar a un hombre que nunca había querido hacerse responsable de sí mismo. Y todavía pretendían que entregara la casa que Ricardo y yo habíamos levantado después de años de trabajar fines de semana, revisar planos y vivir con lo indispensable.