—Sí importa.
—Valentina…
La niña comenzó a llorar.
—Tú echas a todos.
Alejandro quedó inmóvil.
—¿Qué?
—A todos.
—Solo cuando…
—Beatriz.
Era la primera niñera.
—Patricia.
La última.
Después empezó a decir nombres.
Alejandro no sabía que los recordaba.
Ella sí.
—Todas se van porque tú las echas.
—Algunas no sabían cuidarte.
Valentina gritó:
—¡YO NO QUIERO QUE ME CUIDEN!
Alejandro nunca la había escuchado gritar así.
—Quiero a mamá.
Las palabras lo destruyeron.
Se sentó.
—Yo también.
Valentina continuó llorando.
—Entonces ¿por qué nunca hablas de ella?
No pudo responder.
Porque la respuesta era vergonzosamente sencilla.
Le dolía.
Había utilizado el trabajo, la disciplina y una cadena interminable de cuidadores para evitar sentarse con su hija y decir:
“Estoy triste también.”
Aquella noche habló de Sofía.
Durante dos horas.
Recordaron cómo cantaba mal.
Cómo quemaba tostadas.