Cómo quemaba tostadas.
Cómo se enfadaba cuando Alejandro trabajaba durante vacaciones.
Valentina contó cosas que él no sabía.
Sofía le había prometido la casita.
Le había dicho que plantarían lavanda alrededor.
Alejandro lloró.
Su hija lo vio.
—¿Estás enfermo?
Él se rio.
—No.
—Nunca lloras.
—Eso también estaba mal.
A la mañana siguiente llamó a Esteban.
—Necesito que vuelva.
—No.
Alejandro no esperaba esa respuesta.
—Le pagaré más.
—No es dinero.
—Entonces ¿qué quiere?
—Que no vuelva a despedir a alguien delante de su hija porque usted está enfadado consigo mismo.
La frase dolió.
—Tiene razón.
Hubo silencio.
—Repítalo.
—No abuse.
Esteban comenzó a reír.
Finalmente volvió.
Pero puso una condición.
La casita se terminaría.
Alejandro aceptó.
También llamó a Patricia.
No para volver a contratarla.
Para disculparse.
—Usted tenía razón.
Ella respondió:
—Eso debe haberle dolido.
—Muchísimo.
—Bien.
Después añadió:
—No convierta ahora a Esteban en el salvador de Valentina.
Aquella frase fue importante.
—¿Qué quiere decir?
—Que haya conectado con ella no significa que deba cargar con todo. Su hija necesita estabilidad, familia y continuar recibiendo el apoyo profesional adecuado. No otro adulto al que usted entregue el problema.
Alejandro comprendió.
Durante años había contratado personas para ocuparse de algo que también le correspondía a él.
Así que cambió.
No dejó de trabajar.
Su empresa seguía existiendo.
Pero comenzó a llegar a casa para cenar.
A veces Valentina hablaba.
Otras no.
Ya no la presionaba.
La acompañaba.
Terminó la casa con Esteban.
El último día colocaron la puerta amarilla.
Valentina apareció con una pequeña caja.
Dentro había varias cosas de Sofía.
Una fotografía.
Un pañuelo.