—Papá se va a enfadar.
—¿Por qué?
La niña bajó la mirada.
—Siempre se enfada cuando hablo de mamá.
Aquello golpeó a Esteban.
—¿Estás segura?
—Cuando pregunto, se va.
No era exactamente enojo.
Era algo que para una niña podía parecerlo.
Alejandro no soportaba hablar de Sofía.
Cada vez que Valentina mencionaba a su madre respondía:
—Ahora no, cariño.
O:
—Después hablamos.
Ese “después” nunca llegaba.
Sin querer, había enseñado a su hija que la persona que más necesitaba recordar era precisamente el tema que no podía mencionarse.
Esteban comenzó a construir la casita durante sus descansos.
Valentina ayudaba.
Lijaba madera.
Elegía tornillos.
Pintaba.
Y hablaba.
Poco.
Pero hablaba.
Una tarde Esteban preguntó:
—¿Por qué quieres terminarla?
Valentina respondió:
—Porque mamá dijo que cuando estuviera triste podía venir aquí.
Él guardó silencio.
—¿Te lo dijo antes del accidente?