—Entonces quizá podamos empezar.
—Papá se va a enfadar.
—¿Por qué?
La niña bajó la mirada.
—Siempre se enfada cuando hablo de mamá.
Aquello golpeó a Esteban.
—¿Estás segura?
—Cuando pregunto, se va.
No era exactamente enojo.
Era algo que para una niña podía parecerlo.
Alejandro no soportaba hablar de Sofía.
Cada vez que Valentina mencionaba a su madre respondía:
—Ahora no, cariño.
O:
—Después hablamos.
Ese “después” nunca llegaba.
Sin querer, había enseñado a su hija que la persona que más necesitaba recordar era precisamente el tema que no podía mencionarse.
Esteban comenzó a construir la casita durante sus descansos.
Valentina ayudaba.
Lijaba madera.
Elegía tornillos.
Pintaba.
Y hablaba.
Poco.
Pero hablaba.
Una tarde Esteban preguntó:
—¿Por qué quieres terminarla?
Valentina respondió:
—Porque mamá dijo que cuando estuviera triste podía venir aquí.
Él guardó silencio.
—¿Te lo dijo antes del accidente?
—Sí.
—Entonces terminaremos.
Fue aquella escena la que Alejandro encontró.
Valentina riéndose.
Las manos llenas de tierra.
Esteban intentando colocar una ventana.
Y después las palabras:
—Papá, él encontró a mamá.
Alejandro quedó helado.
—¿Qué dijiste?
Valentina señaló la construcción.
—La casa.
Él reconoció inmediatamente el dibujo.
Sofía había hecho algo parecido en una servilleta durante una cena.
—¿Quién te permitió construir esto? —preguntó a Esteban.
El tono hizo desaparecer la sonrisa de Valentina.
Esteban se puso de pie.
—Nadie.
—¿Utilizó materiales míos?
—Restos del almacén.
—¿Durante horario laboral?
—En mis descansos.
—¿Y por qué nadie me informó?
Valentina salió corriendo.
Alejandro cerró los ojos.
—Fantástico.
Esteban respondió:
—Eso que acaba de hacer es exactamente el problema.
Alejandro lo miró.
—¿Perdón?
—La niña estaba hablando.
—Es mi hija.
—Sí.
—Entonces no opine sobre cómo la educo.