—Eso explica mi comportamiento. No necesariamente lo justifica.
Beatriz guardó silencio.
—¿Cómo está Valentina?
—Mejor.
—Me alegro.
Antes de terminar, dijo:
—Ella nunca necesitó una niñera perfecta.
—Ahora lo sé.
—Necesitaba un padre dispuesto a estar triste con ella.
Exactamente.
Cuando Valentina cumplió doce años, Alejandro organizó una cena pequeña.
No una de las fiestas gigantescas de otros tiempos.
Ella había pedido:
—Solo gente que conozco.
Esteban estaba invitado.
Antes de cortar el pastel, Valentina dijo que tenía un regalo para él.
Le entregó una caja.
Dentro había una pequeña placa de madera.
“Para el hombre que terminó una casa que mamá no pudo terminar.”
Esteban lloró.
Alejandro también.
—Otra vez llorando, señor Ferrer —bromeó Esteban.
—Cállese o lo despido.
Todos rieron.
Valentina levantó una ceja.
—Papá.
—Es una broma.
—Más te vale.
Aquella noche, después de que todos se marcharon, Alejandro fue hasta la casita.