Éramos compañeros de tercero de primaria.
Él era el niño que siempre llevaba mi mochila cuando
estaba demasiado pesada y que dejaba la galleta más grande de su almuerzo sobre mi mesa, fingiendo que no le gustaban las cosas dulces.
A los doce años me regaló una pulsera hecha con hilos de colores.
A los catorce me defendió cuando unas compañeras comenzaron a burlarse de mis lentes.
Y a los dieciséis, durante una fiesta escolar, me preguntó si quería ser su novia.
Recuerdo que estaba tan nervioso que casi dejó caer el vaso de refresco.
—Mariana, sé que somos mejores amigos, pero creo que me gustas de una manera diferente.
Yo me reí.
—Ben, llevas años gustándome.
Se quedó mirándome como si acabara de recibir la mejor noticia del mundo.
Desde entonces fuimos inseparables.
Estudiamos en universidades diferentes, atravesamos problemas económicos y sobrevivimos a la muerte de su padre.