Toda mi vida me avergoncé de mi cuerpo y de mi sobrepeso. Pero un día, mi abuelo de 73 años me invitó a su piscina y me dijo: «Quítate esa ropa holgada y ponte el bañador. Quiero verte». Me quedé completamente paralizada.

Las lágrimas me resbalaban por las mejillas.

—¿Sabes cuántas veces he rechazado ir a nadar? ¿Cuántas noches he llorado delante del espejo? ¡Y ahora me pides que haga precisamente aquello que más miedo me da!

Mi abuelo permaneció en silencio durante un largo rato.

Entonces me hizo una pregunta inesperada.

—¿Sabes por qué tu abuela no entró en esta piscina durante los últimos diez años de su vida?

Lo miré, confundida.

—No.

Abrió la vieja caja que había sobre la mesa. Dentro había fotografías. Sacó una de ellas.

En la imagen aparecía una mujer joven, de rostro redondo, abdomen prominente y caderas anchas. Estaba de pie junto a aquella misma piscina.

—¿Esa es la abuela?

—Sí. Tenía treinta y cinco años.

Me quedé mirándola, asombrada. Se parecía tanto a mí que, por un instante, tuve la sensación de estar contemplando una fotografía antigua de mí misma.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *