Ramón había cumplido mis instrucciones.
Mercedes corrió hasta la ventana.
—¡Estás loca! ¡Quieres destruir la casa!
Daniel salió al jardín y comenzó a fotografiar las máquinas.
—Esto es intimidación. Voy a denunciarte.
—Puedes hacerlo —respondí—. Nadie ha tocado tu casa. Y, por cierto, tampoco es tuya.
En ese momento sonó mi teléfono.
Era Ricardo Salcedo, el abogado que llevaba más de quince años trabajando conmigo.
Le había enviado una copia del supuesto aval.
—Elena, necesito que me escuches con atención —dijo—. Hemos comprobado los primeros datos. Ese documento no corresponde a ningún aval autorizado por tu empresa.
—Lo sé. La firma es falsa.
—Hay algo más. El número de expediente parece pertenecer a una solicitud de financiación vinculada a una sociedad de Daniel. La operación todavía no está aprobada.
Sentí que recuperaba el aire.