Se cubrió la cara.
—Pensé que, si era suficientemente obediente, todo volvería a ser como antes.
La abracé.
Por primera vez desde que había entrado en aquella casa, sentí que las lágrimas me quemaban los ojos.
Pero no dejé que la rabia hablara por mí.
—Escúchame, Lucía. Nada de esto es culpa tuya. Y no tienes que conseguir que ellos se porten bien para merecer estar a salvo.
Ella se aferró a mí como cuando era pequeña.
—Tenía miedo de que te hicieran daño.
—Ahora vamos a protegernos las dos. Pero no vamos a hacerlo solas.
05. Ocho gigantes amarillos
Veinte minutos después, el ruido de los motores hizo vibrar los cristales.
Me acerqué a la ventana.
Ocho excavadoras amarillas estaban estacionadas en la zona de acceso exterior, junto a los vehículos de transporte de mi empresa. Sus conductores esperaban sin bloquear la calle ni la entrada.