Mi marido pasó la tarde montando una fiesta para su primer amor mientras nuestra hija de cuatro años esperaba en la puerta del cole.

“Si quiere, le pido a

seguridad que lo mueva”, dijo Yolanda.

“Las llaves están en el bolsillo. Pero déjelo ahí.”

“Lo que usted diga.”

“Es que a mi hija le encantaba ese coche. Decía que olía a galletas.”

Un celador pasó empujando una silla de ruedas vacía. Olía a lejía y a café de máquina. Mi abrigo seguía colgado en el recibidor de casa, en la percha que Martina alcanzaba de puntillas.

Me apoyé contra la pared con la mochila abrazada, como la llevaba ella. Las correas me quedaban largas. Sentí en la nuca el frío del azulejo.

El móvil vibró. Mi madre: “Voy para allá, hija. Cojo el 54 y luego el metro. No te muevas.”

Respondí con un solo dedo: “Vale.”

A las 20:12 empezó a sonar el ascensor. Se oyó antes de abrirse, ese zumbido de cable. Me enderecé. Apreté la mochila contra el pecho.

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