Mi marido pasó la tarde montando una fiesta para su primer amor mientras nuestra hija de cuatro años esperaba en la puerta del cole.

Yo también tenía

que decidir la mía. La de siempre no me servía, la de “Nicolás, ¿has comido algo?”. La que llevaba puesta desde las 18:40 tampoco, porque se me veía todo. Tardé un rato en encontrar una. Era la de no saber nada.

Doblé la hoja en cuatro, por los mismos pliegues. Metí el dibujo, boca abajo. El táper, encima. Cerré la cremallera y até la goma otra vez, doble nudo, como la había atado por la noche.

“Si mi marido le pregunta por la mochila, usted no sabe nada.”

“No sé nada de ninguna mochila.”

Casi sonrió. Se le quitó enseguida.

Me levanté con las rodillas entumecidas. De golpe me acordé del Seat, en doble fila, con los warning puestos. Más de una hora parpadeando delante de urgencias. Una multa, seguro, o la grúa. Me dio igual, y me dio tanta igual que me asustó.

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