Mi esposo aseguró que nuestra relación necesitaba una prueba: vivir juntos durante un mes en una cabaña perdida, sin celulares ni contacto con nadie. “Así sabremos si todavía vale la pena seguir casados”, me dijo. Pero apenas llegamos, inventó una emergencia y me dejó sola. Cuando descubrí que había llevado antes a su amante a esa misma cama, hice una llamada. Lo que averigüé sobre la empresa de mi padre fue todavía peor…

PARTE 3

—Soy Mariana Rivera y autorizo que mi esposo quede como responsable único de las operaciones bancarias de la empresa —decía la mujer en la grabación.

Reconocí aquella voz inmediatamente.

Era Vanessa Salgado.

La misma abogada que había contratado Arturo. La misma mujer cuya tarjeta de presentación encontré escondida en aquella cabaña.

—Esa no soy yo —dije, mirando al encargado de seguridad—. Es una empleada de nuestra empresa que mantiene una relación con mi esposo.

El hombre detuvo la reproducción.

—Entonces estamos ante un posible intento de fraude.

Le expliqué todo: el viaje, mi teléfono desaparecido, la hospitalización de mi padre y la venta sospechosa de nuestra bodega.

Solicité el bloqueo preventivo de las modificaciones y la revisión de cualquier operación extraordinaria.

El encargado llamó a su departamento jurídico.

Después de examinar mis documentos, cancelaron la solicitud pendiente y activaron medidas adicionales de seguridad sobre nuestras cuentas.

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