—Tengo que llegar a Veracruz. ¡Mi papá está enfermo y quieren robarle su empresa!
Me cubrí el rostro, incapaz de contener el llanto.
Tomás permaneció callado unos segundos.
—Puedo llevarte en lancha hasta un pueblo donde todavía hay transporte.
—¿De verdad harías eso?
—No voy a dejarte aquí sabiendo lo que está pasando.
Dejó a Nico al cuidado de doña Chabela, una vecina, y aquella misma tarde salimos por el río.
Durante el trayecto, Tomás me contó que llevaba tres años criando solo a su hijo. Su esposa, Lucía, se había marchado porque no soportaba vivir lejos de la ciudad.
—Nico todavía la espera —confesó—. A veces pregunta si hizo algo malo para que su mamá se fuera.
Me dolió escucharlo.
Tomás me mostró una fotografía antigua de los tres.
La mujer sonreía con un uniforme blanco de enfermera.