Mi esposo aseguró que nuestra relación necesitaba una prueba: vivir juntos durante un mes en una cabaña perdida, sin celulares ni contacto con nadie. “Así sabremos si todavía vale la pena seguir casados”, me dijo. Pero apenas llegamos, inventó una emergencia y me dejó sola. Cuando descubrí que había llevado antes a su amante a esa misma cama, hice una llamada. Lo que averigüé sobre la empresa de mi padre fue todavía peor…

—Tengo que llegar a Veracruz. ¡Mi papá está enfermo y quieren robarle su empresa!

Me cubrí el rostro, incapaz de contener el llanto.

Tomás permaneció callado unos segundos.

—Puedo llevarte en lancha hasta un pueblo donde todavía hay transporte.

—¿De verdad harías eso?

—No voy a dejarte aquí sabiendo lo que está pasando.

Dejó a Nico al cuidado de doña Chabela, una vecina, y aquella misma tarde salimos por el río.

Durante el trayecto, Tomás me contó que llevaba tres años criando solo a su hijo. Su esposa, Lucía, se había marchado porque no soportaba vivir lejos de la ciudad.

—Nico todavía la espera —confesó—. A veces pregunta si hizo algo malo para que su mamá se fuera.

Me dolió escucharlo.

Tomás me mostró una fotografía antigua de los tres.

La mujer sonreía con un uniforme blanco de enfermera.

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