Mi esposo aseguró que nuestra relación necesitaba una prueba: vivir juntos durante un mes en una cabaña perdida, sin celulares ni contacto con nadie. “Así sabremos si todavía vale la pena seguir casados”, me dijo. Pero apenas llegamos, inventó una emergencia y me dejó sola. Cuando descubrí que había llevado antes a su amante a esa misma cama, hice una llamada. Lo que averigüé sobre la empresa de mi padre fue todavía peor…

Las obras del puente todavía avanzaban, pero ya había un sistema comunitario de internet que nos permitía trabajar y mantenernos comunicados.

Yo solicité continuar gran parte de mis responsabilidades administrativas a distancia, con viajes periódicos a Veracruz.

Aquella mañana entré en el despacho de mi padre para contarle mi decisión definitiva.

—Papá, voy a mudarme a La Esperanza.

Se quitó los lentes.

—¿Estás segura, hija?

—Completamente.

Me observó durante unos segundos.

—¿Tiene algo que ver ese guardabosques que siempre te acompaña?

Sonreí.

—Mucho.

Mi padre se levantó y me abrazó.

—Yo pensaba que algún día tendrías que dirigir toda la empresa.

—Puedo seguir ayudándote. Pero también quiero construir mi propia vida.

—Entonces hazlo, Mariana. Después de todo lo que pasó, lo único que deseo es verte feliz.

Le conté que Tomás y yo habíamos decidido casarnos en primavera.

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