Mi esposo aseguró que nuestra relación necesitaba una prueba: vivir juntos durante un mes en una cabaña perdida, sin celulares ni contacto con nadie. “Así sabremos si todavía vale la pena seguir casados”, me dijo. Pero apenas llegamos, inventó una emergencia y me dejó sola. Cuando descubrí que había llevado antes a su amante a esa misma cama, hice una llamada. Lo que averigüé sobre la empresa de mi padre fue todavía peor…

Después dejé de contestar sus llamadas.

Volví a La Esperanza porque allí podía respirar.

Aprendí a sacar agua del pozo sin derramar la mitad, a preparar café con leña y a distinguir cuándo una lluvia sería pasajera o cuándo el río comenzaría a crecer.

Doña Chabela me enseñó a preparar tamales veracruzanos.

Nico venía casi todas las tardes con sus cachorros.

Su padre arregló los escalones peligrosos del porche y reparó algunas goteras.

Poco a poco dejé de sentirme una visitante.

Un día decidí regalarle uno de los cachorros a mi padre.

Su médico le había recomendado caminar regularmente durante su recuperación.

Al principio don Ernesto protestó.

—¡Mariana! ¿Qué voy a hacer yo con semejante travieso?

Pero dos semanas después mi madre me llamó riéndose.

—Tu padre ya no habla de camiones ni de bodegas. Ahora solamente presume lo inteligente que es su perro.

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