Después dejé de contestar sus llamadas.
Volví a La Esperanza porque allí podía respirar.
Aprendí a sacar agua del pozo sin derramar la mitad, a preparar café con leña y a distinguir cuándo una lluvia sería pasajera o cuándo el río comenzaría a crecer.
Doña Chabela me enseñó a preparar tamales veracruzanos.
Nico venía casi todas las tardes con sus cachorros.
Su padre arregló los escalones peligrosos del porche y reparó algunas goteras.
Poco a poco dejé de sentirme una visitante.
Un día decidí regalarle uno de los cachorros a mi padre.
Su médico le había recomendado caminar regularmente durante su recuperación.
Al principio don Ernesto protestó.
—¡Mariana! ¿Qué voy a hacer yo con semejante travieso?
Pero dos semanas después mi madre me llamó riéndose.
—Tu padre ya no habla de camiones ni de bodegas. Ahora solamente presume lo inteligente que es su perro.