Arturo se levantó sobresaltado y sacó de su chamarra un aparato que nunca había visto.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Un teléfono satelital. Me necesitan urgentemente en la empresa.
—¿No habíamos quedado en desconectarnos?
—Tú puedes hacerlo. Yo soy el subdirector.
Se vistió rápidamente.
—Regreso el viernes, preciosa.
—¿Me vas a dejar sola aquí?
—Eres una mujer inteligente. Vas a arreglártelas.
Me besó en la frente y se marchó.
Solo después descubrí que también se había llevado mi celular.
Me quedé incomunicada, sin automóvil y sin saber cuándo podría regresar.
Aquella tarde, mientras buscaba agua junto al río, conocí a Nico, un niño de nueve años que escondía cinco cachorritos para que nadie se los quitara.
Su padre, Tomás, era guardabosques de una reserva cercana.
Aunque parecía un hombre serio, me ayudó a tranquilizar al niño y llevar los animales a un lugar seguro.