Mi esposo aseguró que nuestra relación necesitaba una prueba: vivir juntos durante un mes en una cabaña perdida, sin celulares ni contacto con nadie. “Así sabremos si todavía vale la pena seguir casados”, me dijo. Pero apenas llegamos, inventó una emergencia y me dejó sola. Cuando descubrí que había llevado antes a su amante a esa misma cama, hice una llamada. Lo que averigüé sobre la empresa de mi padre fue todavía peor…

—Mariana, estoy desesperado. Perdí mucho dinero haciendo inversiones. Pensé que podría recuperarlo.

—¿Con el dinero de mi padre?

—Todo empezó con una cantidad pequeña. Después perdí más y quise recuperarlo.

—Y en vez de detenerte, decidiste robar todavía más.

Arturo comenzó a llorar.

—No quería perderlo todo.

Lo observé en silencio.

Durante siete años había creído conocerlo.

Ahora estaba frente a un desconocido.

—¿Y nuestro matrimonio? —pregunté—. ¿También pensabas llevártelo por delante?

—Te amo, Mariana.

—No se abandona a la persona que amas en una casa sin comunicación mientras preparas un fraude a sus espaldas.

Intentó tomarme la mano.

La retiré.

—Voy a divorciarme de ti.

—Por favor, podemos empezar de nuevo.

—No. Tú tuviste muchas oportunidades de decirme la verdad. Elegiste mentir en cada una.

Salimos juntos de la cabaña.

Él debía regresar a Veracruz para responder ante los abogados de la empresa.

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