Mi esposo aseguró que nuestra relación necesitaba una prueba: vivir juntos durante un mes en una cabaña perdida, sin celulares ni contacto con nadie. “Así sabremos si todavía vale la pena seguir casados”, me dijo. Pero apenas llegamos, inventó una emergencia y me dejó sola. Cuando descubrí que había llevado antes a su amante a esa misma cama, hice una llamada. Lo que averigüé sobre la empresa de mi padre fue todavía peor…

—Doña Chabela me ayuda a rentarla. Casi nadie quiere venir tan lejos.

Lo miré con curiosidad.

—¿Por eso reconociste el automóvil de Arturo?

Asintió.

—Lo vi venir con aquella muchacha. No sabía que estaba casado.

—Y cuando llegué yo, decidiste advertirme.

—Pensé que tenías derecho a saberlo.

Aquella respuesta sencilla me conmovió más de lo que esperaba.

Arturo regresó el viernes por la mañana.

Bajó del automóvil con un enorme ramo de rosas rojas.

—¡Mi amor! ¡No sabes cuánto te extrañé!

Me quedé en la puerta.

—¿A mí o al dinero que pensabas sacar de la empresa?

Su sonrisa desapareció.

—¿De qué estás hablando?

—De la bodega, de los novecientos mil pesos que faltan y de Vanessa.

Lo vi ponerse blanco.

—Mariana, alguien te está llenando la cabeza de mentiras.

—Encontré sus cosas debajo de nuestra cama. Y escuché su voz haciéndose pasar por mí en el banco.

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