Le propuse que pensara seriamente en recuperar el contacto con su hijo, respetando lo que Tomás y Nico necesitaran.
No podía resolver su historia por ellos.
Pero quizá podía ayudar a abrir una puerta.
El jueves regresé a La Esperanza.
Tuve que pagar un transporte particular que tomó un largo desvío, pero necesitaba estar en la cabaña antes de que Arturo volviera.
Tomás me encontró calentando café de olla.
—Pensé que te quedarías en la ciudad —comentó.
—Yo también lo pensé.
—¿Se arreglaron las cosas?
—Impedimos algo muy grave. Ahora falta enfrentar a los responsables.
Tomás se sentó en el escalón del porche.
—¿Y tu padre?
—Recuperándose.
—Entonces ya tienes una buena noticia.
Sonreí por primera vez en días.
Aquel hombre no hacía grandes discursos. Simplemente aparecía cuando alguien lo necesitaba.
Antes de marcharse me contó que la cabaña había pertenecido a su abuela.