La madre de Nico.
En su gafete decía: Lucía Hernández.
Ella no me reconoció, naturalmente.
Entré a ver a mi padre.
Estaba pálido, con los ojos cansados, pero sonrió cuando me vio.
—Mi muchachita… ¿ya regresaste de tus vacaciones?
Me acerqué y le besé la frente.
—Papá, casi me matas del susto.
—Tu marido insistió en que necesitabas descansar. Pensé que tenía razón.
Se me hizo un nudo en la garganta.
Aquel hombre había trabajado durante treinta años para construir algo que nos permitiera vivir tranquilos.
Y precisamente la persona a quien había recibido como a un hijo estaba intentando destruirlo.
—Hay algunas cosas que tenemos que hablar —le dije—. Pero ahora solamente quiero que te recuperes.
Mi padre me apretó la mano.
—¿Tiene que ver con Arturo?
Me quedé inmóvil.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque hace un mes descubrí movimientos que no me gustaron. Pensé que estaba tomando decisiones irresponsables.