Mi esposo aseguró que nuestra relación necesitaba una prueba: vivir juntos durante un mes en una cabaña perdida, sin celulares ni contacto con nadie. “Así sabremos si todavía vale la pena seguir casados”, me dijo. Pero apenas llegamos, inventó una emergencia y me dejó sola. Cuando descubrí que había llevado antes a su amante a esa misma cama, hice una llamada. Lo que averigüé sobre la empresa de mi padre fue todavía peor…

—También será necesario presentar una denuncia —me explicó—. Alguien utilizó sus credenciales y su identidad.

—Lo haré. Pero primero necesito impedir que vendan la propiedad de mi padre.

Desde el banco llamé a Paula.

—Comunícate con la notaría donde pretenden firmar el contrato. Diles que existe una controversia sobre las facultades de representación y que no deben continuar sin verificarlo directamente con el propietario.

—Licenciada, ¿entonces sí era un fraude?

—Mucho peor de lo que imaginábamos.

Cuando llegué a la empresa, Paula estaba esperándome con una carpeta.

Revisamos contratos, estados de cuenta y movimientos recientes.

Descubrimos que Comercializadora Salgado pertenecía a Mauricio Salgado, hermano de Vanessa.

Habían creado aquella empresa apenas unas semanas antes.

Pretendían adquirir nuestra bodega por cuatro millones de pesos cuando su valor comercial superaba los once millones.

Pero había otro problema.

Durante los últimos meses habían salido casi novecientos mil pesos de las reservas empresariales mediante operaciones que Arturo había autorizado sin justificación suficiente.

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