Le dije:
—Quiero hacerlo.
—¿Qué cosa?
—Todo lo que me dijiste que no hiciera hasta estar segura.
Nos reunimos.
Actualicé mi testamento.
No desheredé completamente a Marcos por rabia.
No quería convertir mi patrimonio en un arma.
Pero hice cambios importantes.
Establecí una parte directa para mis nietos bajo una estructura que Marcos no podría controlar libremente.
Designé a una persona independiente para ciertos asuntos financieros si algún día yo realmente llegaba a perder capacidad.
Eliminé cualquier autorización previa que pudiera haber existido.
Actualicé beneficiarios.
También vendí el apartamento.
Cuando Marcos se enteró, llamó furioso.
—¡Sabía que ibas a venderlo!
—Sí.
—Entonces dame mi parte.
Aquella frase todavía me sorprende.
—No tienes una parte.
—Soy tu hijo.
—Eso no te convierte en propietario de mis bienes.
—¿Entonces para qué lo vendiste?
Miré alrededor de mi cocina.
—Para mí.
Con parte del dinero compré un apartamento más pequeño cerca de mi hermana.