—Estamos pensando venderlo.
Me reí.
—¿Estamos?
—Sí —dijo ella—. No tiene sentido que continúes manejando un alquiler.
—No voy a venderlo.
Marcos respiró profundamente.
—Mamá, escucha.
—Ya escuché.
—Necesitamos el dinero.
Ahí estaba.
Finalmente.
—Entonces dilo correctamente.
—¿Qué?
—No están preocupados por mí. Quieren mi dinero.
Patricia golpeó la mesa con la mano.
—¡Después de todo lo que hacemos por ti!
La miré sorprendida.
—¿Qué hacen por mí?
No tuvo respuesta.
Yo cocinaba sola.
Conducía.
Pagaba mis cuentas.
Hacía mis compras.
Iba al médico sin ayuda.
Ellos me visitaban cuando necesitaban algo.
—No venderé el apartamento.
Marcos se levantó.
—Entonces dame tu tarjeta.
Pensé que había escuchado mal.
—¿Qué?
—Tu tarjeta del banco.
—No.
—Voy a revisar las cuentas.
—No.
Extendió la mano.
—Mamá.
—He dicho que no.
Patricia se acercó.
—Elena, no hagas esto difícil.
Me levanté para guardar mi bolso.