Mi madre llegó con tortillas y comida casera, pero mi suegra lo tiró todo a la basura delante de mi esposo. “Que se vaya, aquí solamente ensucia”, dijo él. Me quedé mirándolo, fui por sus maletas y las dejé junto a la puerta. Esa misma noche descubrí que ambos llevaban meses hablando de una casa que jamás les perteneció.

Sentí un escalofrío.

—No le entreguen nada. Daniel no tiene autorización para retirar dinero del negocio.

Después llamé a Beatriz, mi contadora, y solicité revisar todos los movimientos de las cuentas que utilizábamos para gastos familiares.

Esa misma tarde descubrimos algo extraño.

Durante casi tres años, Daniel había enviado cantidades de entre ocho mil y veinticinco mil pesos mensuales a una cuenta perteneciente a Patricia.

El dinero salía de una cuenta que yo alimentaba para pagar servicios, mantenimiento y gastos de la casa.

En total, las transferencias superaban los cuatrocientos mil pesos.

Me quedé mirando la pantalla.

Mientras yo trabajaba hasta altas horas de la noche, mi esposo había estado financiando los lujos de su madre con dinero que nunca me dijo que estaba enviando.

Pero Beatriz encontró otro detalle.

—Mariana, hay algo que deberías ver.

Me mostró una transferencia de ciento veinte mil pesos realizada apenas dos semanas antes.

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