—Mi mamá y yo hemos hablado. Una casa familiar no puede depender de tus caprichos.
Patricia sonrió satisfecha.
—Por fin mi hijo está poniendo orden.
Aquella sonrisa me confirmó que llevaban tiempo planeando algo.
En lugar de discutir, llamé a mi abogado, el licenciado Ricardo Salazar, y le pedí revisar inmediatamente la documentación de la propiedad.
La casa había sido adquirida antes de nuestro matrimonio y seguía registrada exclusivamente a mi nombre.
Daniel no podía convertirla en suya por repetirlo frente a su madre.
—Voy a iniciar nuestra separación —anuncié—. Y quiero que busquen otro lugar donde vivir.
Patricia soltó una carcajada.
—¿Vas a correr a tu esposo y a una mujer mayor por unas tortillas?
—No. Por la manera en que trataron a mi madre y por todas las veces que permití que me faltaran al respeto.
Preparé dos maletas con algunas de sus pertenencias y las dejé junto a la entrada.