Mi madre llegó con tortillas y comida casera, pero mi suegra lo tiró todo a la basura delante de mi esposo. “Que se vaya, aquí solamente ensucia”, dijo él. Me quedé mirándolo, fui por sus maletas y las dejé junto a la puerta. Esa misma noche descubrí que ambos llevaban meses hablando de una casa que jamás les perteneció.

El solicitante era Daniel.

Patricia aparecía como intermediaria.

Y yo figuraba falsamente como propietaria que autorizaba ofrecer la casa en garantía.

Cuando Ricardo me explicó aquello, permanecí varios segundos en silencio.

—¿Daniel sabía que habían falsificado mi firma?

—Todavía no podemos afirmarlo. Eso tendrá que investigarse.

No quería acusarlo de algo sin pruebas, aunque la confianza que alguna vez le tuve estaba completamente destruida.

Esa misma tarde Daniel apareció en mi tienda.

Tenía el rostro cansado y la camisa arrugada.

—Mariana, necesitamos hablar.

Lo llevé a una pequeña sala de reuniones donde Carlos permaneció cerca, por si surgía algún problema.

Coloqué las copias sobre la mesa.

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