PARTE 2 — EL SECRETO DE HELENA

—Profesora, ¿ha contratado a otro técnico últimamente?

Helena frunció el ceño.

—No. ¿Por qué?

Le mostré las marcas.

—Parece que alguien aflojó esta conexión con una herramienta.

Su expresión cambió inmediatamente.

—Eso es imposible.

Entonces escuchamos un golpe en la puerta principal.

Tres golpes.

Lentos.

Deliberados.

Helena palideció.

—Owen, apaga la luz.

La miré desconcertado.

—¿Qué ocurre?

—Por favor.

Obedecí.

Desde la ventana vimos a un hombre con abrigo oscuro esperando bajo la lluvia.

Helena se llevó una mano a la boca.

—Es mi exmarido.

El hombre volvió a golpear.

—¡Helena! ¡Sé que estás dentro!

Su voz atravesó la casa.

—¡Tenemos que hablar sobre los documentos!

Helena retrocedió.

—No quiero verlo.

Me acerqué a ella.

—Entonces no tiene que abrirle.

El hombre permaneció varios minutos frente a la puerta antes de marcharse.

Cuando las luces de su automóvil desaparecieron, Helena se dejó caer en una silla.

—Mi divorcio terminó hace ocho meses —susurró—. Pero él sigue intentando conseguir algo que pertenece a mi familia.

—¿Qué cosa?

Helena me miró fijamente.

—Una patente.

Sentí curiosidad.

—¿De ingeniería?

Ella asintió.

—Mi padre desarrolló un sistema industrial de recuperación térmica. Antes de morir, me dejó todos los derechos.

Me mostró unos planos antiguos.

Al principio los observé por cortesía.

Después me quedé inmóvil.

Reconocí inmediatamente una de las configuraciones mecánicas.

—Profesora, ¿de dónde consiguió esto?

—Eran los diseños de mi padre.

Sentí que el corazón comenzaba a acelerarse.

—Mi madre trabajó en un proyecto parecido hace años.

Helena levantó lentamente la cabeza.

—¿Cómo se llamaba tu madre?

—Margaret Vance.

El rostro de Helena perdió todo el color.

—¿Margaret… Vance?

Asentí.

—Murió hace tres años.

Helena se llevó una mano al pecho.

—Owen, ¿tu madre trabajaba en el Instituto Calder?

Sentí un escalofrío.

—Sí. ¿Cómo lo sabe?

La profesora comenzó a llorar.

—Porque mi padre pasó los últimos años de su vida buscándola.

No entendía nada.

Helena abrió un cajón y sacó una fotografía amarillenta.

Mostraba a dos jóvenes frente a un laboratorio.

Uno era su padre.

La otra era mi madre.

—Trabajaron juntos durante años —explicó—. Pero después de un conflicto por la patente, Margaret desapareció del proyecto.

Miré la fotografía con manos temblorosas.

—Mi madre nunca me habló de esto.

Helena bajó la mirada.

—Quizá intentaba protegerte.

En ese instante sonó mi teléfono.

Era un mensaje de un número desconocido.

«Owen, sal de esa casa. Helena no te está contando toda la verdad».

Sentí que la sangre se me helaba.

Le mostré la pantalla.

Helena retrocedió inmediatamente.

—Dios mío…

—¿Qué ocurre?

Ella abrió lentamente una carpeta.

Dentro había un documento firmado veinticinco años atrás.

En la primera página aparecía el nombre de mi madre.

En la segunda, el del padre de Helena.

Pero lo que me dejó sin respiración fue una anotación escrita a mano:

«Proyecto Vance: expediente de filiación reservado».

—¿Qué significa esto? —pregunté.

Helena comenzó a temblar.

—Mi padre me contó que Margaret había tenido un hijo. Pero nunca me dijo quién era.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?

La profesora me miró con lágrimas en los ojos.

—Owen, ¿alguna vez conociste a tu padre?

Negué lentamente.

—Mi madre decía que había muerto antes de que yo naciera.

Helena cerró los ojos.

Durante unos segundos, solamente escuchamos la lluvia.

Después sacó una carta del fondo de la carpeta.

—Mi padre escribió esto poco antes de morir.

Reconocí inmediatamente el nombre de mi madre en el sobre.

Helena me entregó la carta.

La abrí con manos temblorosas.

«Margaret, si nuestro acuerdo sale a la luz, Owen tendrá derecho a conocer su verdadera historia. No permitas que Calder utilice al muchacho para recuperar la patente».

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Nuestro acuerdo?

Helena negó lentamente.

—No sé exactamente a qué se refería.

Entonces volvió a sonar el timbre.

Esta vez no era su exmarido.

Un hombre mayor esperaba bajo un paraguas negro.

Helena miró la cámara de seguridad y dejó escapar un grito ahogado.

—Es imposible…

—¿Quién es?

Su voz apenas fue un susurro.

—El abogado de mi padre. Desapareció hace diez años.

El hombre levantó lentamente un sobre hacia la cámara.

En él estaba escrito mi nombre.

OWEN VANCE.

Helena activó el intercomunicador.

—¿Qué quiere?

El desconocido respondió con voz grave:

—Vengo a entregar los documentos que Margaret me pidió guardar hasta que su hijo cumpliera veinticuatro años.

Sentí que las piernas me fallaban.

Acababa de cumplir veinticuatro años dos semanas atrás.

—¿Qué documentos? —pregunté.

El hombre miró directamente hacia la cámara.

—Los que demostrarán quién es realmente tu padre, Owen.

Helena se apoyó contra la pared.

Pero antes de que pudiera abrir la puerta, el desconocido añadió:

—Y, señorita Helena, debería decirle al muchacho por qué usted y él llevan el mismo apellido. No fue una coincidencia.

El aire dentro del pasadizo olía a humedad y madera vieja.

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