Parte 1
Mi cuñada Natalia y sus dos hijos iban a quedarse en nuestra casa durante 12 días.
Eso fue lo que me dijeron.
Al día 40, ya habían ocupado casi la mitad de la casa.
Vivíamos en una zona residencial de Querétaro, en una casa que Daniel y yo habíamos comprado después de casi 9 años de matrimonio. No era una mansión, pero tenía 3 recámaras, un pequeño jardín y una cocina amplia que hasta entonces siempre había sentido como mi lugar seguro.
Paola, la hija de Natalia, tenía 8 años y dormía en el cuarto de visitas.
Mateo, de 6, compartía habitación con mi hijo Emiliano, de 5, sobre un colchón colocado junto a su cama.
Las maletas de Natalia llenaban el clóset del pasillo. Había zapatos infantiles junto a la puerta, juguetes debajo del comedor y ropa húmeda colgada donde antes dejábamos las toallas.