Pero el testamento de su padre establecía que, si tenía descendencia, esa parte del patrimonio pasaría algún día a sus hijos.
—Robles quería controlar toda la herencia —continuó Ernesto—. Y usted era un obstáculo.
Valeria se cubrió la boca.
—¿Por eso abandonaron a una recién nacida?
—Mariana recibió documentos que aseguraban que su bebé había muerto poco después del parto.
Sofía comenzó a llorar.
Durante veinticuatro años había creído que su madre no la había querido.
Ahora descubría que quizá ambas habían sido víctimas de la misma mentira.
—¿Mariana sigue viva? —preguntó.
Ernesto asintió.
—Y es una empresaria muy conocida.
Entonces Don Chema habló.
—Hay algo que nunca les conté.
Las tres hermanas se volvieron hacia él.
El anciano sacó del bolsillo interior de su chaqueta una pequeña llave oxidada.