Parte 1
Entré a nuestra casa en Guadalajara a las 8:20 de la noche, con siete meses de embarazo, los tobillos hinchados y el uniforme del hospital impregnado del olor de un turno de doce horas.
Ni siquiera alcancé a cerrar la puerta.
Esteban me dio una bofetada tan fuerte que mi hombro chocó contra la pared del recibidor.
“¿Tienes idea de la hora que es? Mi mamá lleva esperando la cena desde hace una hora.”
Me llevé los dedos al labio. Cuando los aparté, tenían sangre.
En la sala, Verónica, mi suegra, seguía sentada bajo una manta ligera viendo televisión. Apenas giró la cabeza.
“Una mujer embarazada no deja de tener obligaciones”, dijo. “Si eres floja ahora, imagínate qué clase de madre vas a ser.”
Mi hijo se movió con fuerza dentro de mí.
Desde la mañana sentía punzadas en el abdomen. Había pensado en pasar por urgencias antes de volver a casa, pero Esteban llevaba semanas acusándome de exagerar cualquier molestia para evitar atenderlo a él y a su madre.