La llamada quedó registrada.
Se solicitó que un fiscal ajeno al círculo de Ricardo supervisara el expediente.
Lo que él había intentado usar para proteger a su sobrino acababa de ponerlo bajo observación.
A las 7:30 de la mañana una enfermera me llevó en silla de ruedas hasta la unidad neonatal.
Mi padre caminó a mi lado.
Mi hijo estaba dentro de una incubadora.
Era diminuto.
Tenía cables, sensores y un pequeño tubo para respirar.
Pero sus manos eran perfectas.
Metí un dedo por una de las aberturas.
Su mano se cerró alrededor de él.
“Hola, mi amor.”
Mi voz se quebró.
“Soy mamá. Estoy aquí. Y nadie volverá a hacernos daño.”
La enfermera me preguntó:
“¿Ya tiene nombre?”
Durante meses, Verónica había insistido en que llevaría el nombre de Esteban y de su abuelo.
Nunca me habían preguntado qué quería yo.