No sé cuánto tiempo permanecí sentada en el suelo de la sala con aquella carta entre mis manos.
La letra de mi hija estaba frente a mí.
La misma letra con la que escribía notas en la nevera cuando era adolescente.
La misma letra con la que firmaba tarjetas de cumpleaños para mí.
La misma letra que ahora me decía que ella ya no estaba.
Respiré profundamente y volví a leer la primera línea.
“Mamá, si estás leyendo esto, significa que tuve que dejarte antes de poder explicarte la verdad.”
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Qué verdad, hija? —susurré.
Con las manos temblando, continué.
“Mamá, durante toda mi vida intenté protegerte de preocupaciones. Sé que siempre pensaste que yo tenía una vida perfecta. Un buen esposo, una casa bonita y una familia feliz. Pero hay cosas que nunca te conté.”
Sentí un nudo en la garganta.
Porque como madre, uno cree conocer cada parte de sus hijos.
Sus alegrías.
Sus miedos.
Sus problemas.
Pero aquella carta me estaba mostrando que mi hija había cargado algo sola durante mucho tiempo.
La siguiente frase hizo que mi corazón se detuviera.
“Dentro de la caja encontrarás documentos, fotografías y algo que necesito que tengas antes de tomar cualquier decisión sobre mis hijos.”
Miré la enorme caja frente a mí.
Con cuidado, empecé a sacar lo que había dentro.
Primero encontré álbumes de fotografías.
Pero no eran fotografías familiares comunes.
Eran documentos organizados.
Carpetas.
Contratos.
Una pequeña caja metálica.
Y encima de todo había otra nota.
“Mamá, empieza por la carpeta azul.”
Busqué entre las cosas hasta encontrarla.
Cuando la abrí, vi copias de documentos legales.
Mis manos comenzaron a sudar.
Eran documentos relacionados con mis nietos.