Parte 3
El diagnóstico fue desprendimiento prematuro de placenta.
Cuando llegamos al hospital, una ginecóloga se inclinó sobre mí.
“Mariana, tu bebé no está recibiendo suficiente oxígeno. Tenemos que hacer una cesárea ahora.”
“Solo tiene treinta y una semanas.”
“Es prematuro, pero tenemos una unidad neonatal preparada. No podemos esperar.”
“Entonces sáquenlo. Por favor.”
La última cosa que vi antes de la anestesia fue el reloj del quirófano.
9:14 p.m.
Cuando desperté, vi unas botas cubiertas de polvo junto a mi cama.
Mi padre seguía usando los jeans y la chamarra de trabajo con los que había salido aquella mañana del rancho.
Tenía la cabeza inclinada y las manos entrelazadas.
“Papá.”
Levantó la cabeza.
Tenía los ojos rojos.
“Hola, hija.”
“El bebé.”
Tomó mi mano.
“Está vivo.”
Empecé a llorar.
“Pesa poco más de kilo y medio. Está en cuidados intensivos neonatales. Necesita ayuda para respirar, pero está luchando.”