Llegué a casa después de un turno de 12 horas, embarazada de 7 meses, y mi esposo me recibió con una bofetada. Minutos después, yo estaba sangrando en el piso mientras él rompía mi teléfono para impedirme llamar al 911. Solo levanté la mirada y dije: “Entonces llama a mi papá”. Cuatro tonos después, su sonrisa desapareció.

Esteban se agachó frente a mí.

“Escúchame bien, Mariana. Mi tío es uno de los fiscales más importantes de Jalisco. Yo soy abogado. Si intentas acusarnos de algo, vas a perder.”

Entonces recordé algo que mi padre me había dicho cuando yo era adolescente.

“El poder de verdad no se presume. Se usa únicamente cuando ya no queda otra salida.”

Miré la sangre debajo de mí.

Había llegado a esa salida.

Levanté la cabeza.

“Entonces llama a mi papá.”

Esteban soltó una carcajada.

Verónica también.

“¿A tu papá?”, se burló ella. “¿Al ranchero que nunca viene a Guadalajara?”

Esteban recogió mi teléfono roto.

“Claro. Vamos a escuchar cómo piensa rescatarte desde su rancho.”

Buscó el contacto guardado simplemente como Papá.

Activó el altavoz.

Marcó.

Una vez.

Dos.

Tres.

Al cuarto tono, alguien respondió.

Parte 2: “¿Mariana?”

La voz de mi padre llegó mezclada con el sonido de un motor y una carretera.

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