No pidió favores.
No amenazó a nadie.
Simplemente estuvo allí.
Cuando finalmente pudimos llevar a Samuel a casa, no regresé a Guadalajara.
Volví al rancho donde había crecido.
El proceso contra Esteban seguía su curso, al igual que las investigaciones sobre las personas que habían intentado intervenir.
Yo había solicitado el divorcio.
Había recuperado mis cuentas.
Y aquella libreta verde ya no estaba escondida dentro de un casillero.
Ahora formaba parte de un expediente.
La primera noche en casa, llevé a Samuel hasta el corredor.
Mi padre estaba sentado allí con una taza de café, mirando las luces lejanas del pueblo.
Me senté junto a él.
“¿Sabes qué es lo peor?”, le pregunté. “Durante dos años pensé que quedarme significaba ser fuerte.”
Mi padre miró a Samuel dormido sobre mi pecho.
“A veces irse requiere mucha más fuerza.”
Pensé en la noche en que Esteban se rió al escucharme pedir que llamara a mi padre.