“¿Dónde está la libreta?”
“En mi casillero del hospital.”
El investigador dejó de escribir durante unos segundos.
“Eso puede ser muy importante.”
Pero todavía había más.
Nuestra vecina de enfrente, una maestra jubilada llamada doña Mercedes, tenía una cámara en la entrada de su casa.
La cámara apuntaba hacia nuestra puerta.
Aquella noche había grabado mi llegada a las 8:20.
También había registrado el ruido de la bofetada y los gritos de Esteban.
Doña Mercedes llevó personalmente la memoria con la grabación a las autoridades.
Durante dos años yo había creído que nadie escuchaba.
Resultó que sí había personas que escuchaban.
Solo faltaba que alguien decidiera hablar.
Al tercer día, mientras desayunaba en mi habitación, la puerta se abrió sin permiso.
Entró Ricardo Valdés.
Detrás venían Verónica y un abogado joven con un portafolio.