«¡Estoy espiando a un hombre malo!», me susurró la hija de 5 años de mi empleada desde detrás del inodoro. Señaló un sobre escondido y añadió: «Siempre viene cuando tú no estás». No dije nada; revisé las cámaras. A las 6:01 apareció un hombre con un enorme reloj plateado. Cuando reconocí quién era, entendí que llevaba 23 años confiando en la persona equivocada.

—Precisamente por eso tienes que irte.

—Los detectives no abandonan un caso.

—Los jefes de detectives sí se retiran cuando empieza la parte peligrosa.

Frunció el ceño.

—Eso no sale en mi caricatura.

—Porque es una regla de los casos reales.

Le quité suavemente la lupa del cuello.

Su labio inferior tembló.

—¿Me estás quitando mi placa?

—Solo por unos días. Cuando termine todo, iré personalmente a devolvértela y te contaré qué descubriste.

Sofía lo pensó.

Después colocó su pequeño sombrero sobre mi cabeza.

—Entonces tienes que usar esto.

Elena soltó una mezcla de risa y llanto.

Yo permanecí completamente serio.

Guardé la lupa dentro de mi abrigo y dejé que Sofía se marchara.

Después preparé la trampa.

Isabel colocó un nuevo sobre detrás del inodoro.

Dentro había información falsa sobre una supuesta operación que realizaríamos en una bodega industrial.

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