«¡Estoy espiando a un hombre malo!», me susurró la hija de 5 años de mi empleada desde detrás del inodoro. Señaló un sobre escondido y añadió: «Siempre viene cuando tú no estás». No dije nada; revisé las cámaras. A las 6:01 apareció un hombre con un enorme reloj plateado. Cuando reconocí quién era, entendí que llevaba 23 años confiando en la persona equivocada.

El golpe estaba planeado para la semana siguiente.

Cuando terminó la grabación, Isabel me miró.

—Ahora sabes todo.

Negué lentamente.

—No. Todavía necesito saber dónde está Lucía.

En ese instante llamaron a la puerta.

Era Elena.

Estaba pálida.

—Señor Adrián… Sofía vio esta mañana a un hombre desconocido afuera de nuestras habitaciones.

Sentí frío.

Alguien más había entrado en mi casa.

Ya no estaban vigilándome solamente a mí.

Habían empezado a vigilar a la niña.

Parte 3

Esa misma noche saqué a Elena y a Sofía de la casa.

Rafael llevó un automóvil sin placas hasta una salida secundaria.

Elena metió una pequeña maleta en la cajuela. Sofía apareció abrazando su sombrero de detective.

Cuando abrí la puerta trasera, no quiso subir.

—Mi caso todavía no terminó.

Me agaché frente a ella.

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